sábado, 26 de septiembre de 2015

RECUENTOS


 Te he encontrado en el desván de mi viejo caserón de lluvias. Estabas junto a la muñeca sin brazos de calamina arañada, entremezclado con aquella caja de música que recogí abandonada en el parque y cuya bailarina de piernas en punta se había quedado sin cabeza, y giraba y giraba con las manos en jarras apoyadas en su cancán blanco, muy cerca del álbum de los recortes de periódico, ya amarillo, que recorrían mis triunfos juveniles y que mi madre siempre quiso tener presente para que la memoria, que se le deshacía por momentos, estuviera enmarcada entre sus hojas trasparentes.

Sabía que no ibas a fallarme, que esta vez tu voz antigua se me pegaría a los huesos como el salitre se pegaba a mi piel en el tiempo de las palomitas de colores y de las Hazañas Bélicas, de las chirimías y de las Semanas Santas o las Navidades con invocaciones a tierras lejanas, a gasolina y a peces. Intuí que habías venido a rescatarme del sueño y de los grises, que tus ojos, aún no apagados por los fracasos, y con negros asombrosos, eran los mismos que entonces, aunque con luces guardadas en el espacio de los años para prestarme tu coraje, ahora que corren tiempos de desolación y finales.

- Aquí estoy, -me dijiste-, creo que me has llamado...
- No estoy muy seguro –contesté ingenuo.
- Es tiempo de recuentos.
- ¿Existen, acaso, los recuentos?
- Existen, son imprescindibles.
- Sólo es imprescindible el amor, la vida...
- ¿Sólo?
- No hay más, ni siquiera en los recuentos.

Me mirabas con esa sonrisa tierna que acababas de estrenar luego de tu primer bautizo de noches en sábanas ajenas, de orgasmos prohibidos bajo la celosía del placer de la carne que una luna inmensa te desveló como un manjar conseguible y necesario. Me mirabas a punto de la desesperación perpleja, confiando en que mis recuentos descabalgasen la balanza hacia la luz y contra el miedo.

Supe, entonces, que acaso no me entendieras cuando te confiara mis fracasos, que mis dudas de viejo conseguidor ajado podrían hacerte más daño que tus ojos felices, o tu mirada de promesas, favorecer mis desesperanzas.

Te dije entonces:
-Déjalo, el tiempo siempre avanza hacia delante.

Te vi, limpiamente, girar los talones, hacer un mohín confuso, acicalarte el pelo negro, y susurrar, con la voz pretendidamente adulta, un “ya nos veremos algún día” que fue como una sentencia imposible.

Tendría que haber sabido que las olas siempre caminan hacia la orilla de la playa... y que no son recontables, porque son infinitas.

Luis Enrique Prieto
Publicado en la revista Arena y cal 229

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